martes, septiembre 10

Nectandra

Si alguien mirase a Nectandra desde el firmamento, nunca pensaría que ese bosque inmenso esconde una ciudad oscura.Allí no hay luz solar. Un cielo verde, el amplio y denso follaje de los árboles supernos indica una competencia incesante que hace crecer lentamente sus troncos milenarios. Por tierra, no existe más que  suelo y ramas caídas. La savia emanada del bosque, es bebida por las cándidas criaturas que moran su lar. Corre siempre una brisa cálida estremeciendo las hendiduras de los refugios y silbando canciones para que sus risueños habitantes se contenten. Nadie sabe cómo se fundó Nectandra, y nadie sabe cómo es vivir a la luz del día. Existe algo intrínseco en este bosque que despierta un profundo y sincero amor a los oriundos y pasajeros, todos son obligados a permanecer junto a él por siempre.Pese a la noche permanente, existe una penumbra constante. Sus habitantes no necesitan fuego para alumbrar, siempre hay luminiscencia por donde quiera que estén. Cada quien duerme con su pareja cuando cansados están, acurrucados en moradas sin techos, no conocen lluvia tampoco. Los hombres galavardos hilan y tejen con telares antiquísimos, finos paños de matices metálicos y ambarinos. Con ellos confeccionan pampanillas que los protegen de las miradas. Tímidos y reservados, al contrario de las mujeres, que con su piel suave y la tersura de sus sinuosos cuerpos, recorren caminos y senderos, al buscar y traer los frutos que alimentan al amor que sienten unos por otros.Será por esas cosas que son difíciles de alcanzar, como subir un árbol de Nectandra hasta ver el cielo, que tampoco saben mirarse a los ojos, porque si cruzan sus miradas se encandilan con el aura que irradia el cuerpo del prójimo.

jueves, septiembre 5

Escuela de Aviación

Aterrizó suavemente sobre el pavimento
Mi mano sobre la tersura de tu piel
la blanca bolsa olvidada
y en el alféizar de tu hombro
coches que pasaron sin mirarla.
zorzales picaban mechoncitos de pelo.
Descuidada bolsa me quiso dar pena,
Como tu familiar sonrisa quería que continuara
me quiso convencer de su tristeza de abandono y ciudad
fui descendiendo por tu columna
que era temprano y frío hacía, que esperaba mucho ya.
hasta la nuca subí la escalerita
y un colectivo la hizo estremecerse
te diste vuelta y me estampaste uno ruidoso
cuando la ayudó a subir y cruzar la avenida en rojo
te alzaste sobre todo y más
hasta desaparecer de mi vista
(hasta desaparecer de mi vista) junto al cielo raso.
en el amanecer.





jueves, agosto 29

Revuelo

revuelo


viento ¿Qué vuelo?

¿Qué torpe inauguró?

¿O traer viento, rumor trajo?

¿Cuándo trajo cercano, cuándo sino?
¿Cuándo rumor, cuándo sol?

Del vuelo,
 del lugar,
de para.

jueves, agosto 15

Roja de Atar

Cerró la ventana. En el jardín florecían mientras los ojos las miraban. Clavarse una espina de rosa es igual a sentir la dulce miel en la piel, una herida que nunca cierra.
Abrió la puerta del fondo, el crujido para olvidar. Como la vida surgiendo de la muerte, un rayo de luz pululante se pinchó con la espina. Los ojos deslumbrados salieron rodando acaramelados, atolondrados, desviados. De nada sirvió intentar retener con las manos, de la herida comenzaba a brotar otra vez.

miércoles, agosto 14

Piragón



Ardía. El calor se expandía hasta límites nuevos. Una plegaria de humo, subiendo desenfocaba el cielo gris. El muchacho observaba con la mirada turbia cómo se desdibujaba el pavimento. Vacía la calle, gente escondida mirando la escena tardía. Un cigarrillo se había consumido entre pitadas justo a tiempo para recibir las primeras gotas de agua. Solemne, alzó la cabeza y el llanto frío empezó a bañarlo despacio, a brindarle la humedad que sus ojos rusientes no conseguían proporcionar desde tiempos lejanos. Con el pelo mojado, fue la última vez que lo vieron entrar por el largo pasillo. Como si todos estuvieran esperando, enseguida salió uno con el balde a apagar los restos del breve incendio de basura.

Lo llamábamos el pirado, vivía sobre Miller y Quebracho en el primer piso de un PH. Se pueden decir muchas cosas sobre él, que no tenía treinta años aún, que sus padres ya habían muerto. O que solo, habitaba esa descuidada casa con ventana a la calle, siempre abierta día o noche. Que tiraba las colillas desde allá arriba tapizando la vereda adueñándose de ella. (Quién sabe si un día no nos tiraba una molotov). Que tenía una tía llamada Cecilia, la única pariente que le quedaba, y que ella como una santa le llevaba algo de ropa, comida y libros cada cierto tiempo. Nunca se supo si trabajaba, nunca saludaba ni hablaba con ninguno de nosotros.

A pesar de todo, hoy siento que vuelve a nacer el recuerdo casi ave fénix. El peligro antes tan presente se siente distante, quedó ya sepultado bajo las cenizas. Estas cuadras han oído muchos comentarios vanos, que era un paria más, que debería estar en el Borda, que tendrían que desalojarlo. Han escuchado con paciencia los reclamos inútiles. Y hoy que estamos sin estar, las calles siguen mudas, esperan como nosotros resignados esperábamos en silencio. De alguna manera él nos mantenía despiertos, un poco más vivos.

Una buena parte del año, todas las tardes de sol, por esa misma ventana que escupía cadáveres de cigarrillos, entraba la luz inquieta con su aura y a pleno iluminaba el tugurio de la recámara. Había un camastro y paredes blancas, pilas de libros, diarios y un arcón. Ahora vacía, no significa nada, es menos que antes, está incompleta. Algo obliga a permanecer fuera, el miedo a invadirlo, profanarlo y que el primer paso hacia la ventana sea el último. La ilusión del piso de madera agrietado, que se abre para dejar caer al abismo a quien espera gobernar sobre las mismas llamas que él engendraba.

Y tal como la madre de madres tiene cuatro estaciones al año, tenía sus ciclos el muchacho. Ocasionalmente se veía el resplandor de las llamas por el ventanuco alto del baño de atrás. Otras circunstancias requerían un poco más de calor. Basura, madera, ramas desperdigadas en la calle. Quizás por unos meses se contentaba con los juegos, los azulejos renegridos y el fóculo en la bañadera, pero a veces se despertaba con hambre y necesitaba algo más. Llegó a provocar un incendio en la casa de la inquilina del fondo y contemplarlo sádicamente desde la terraza hasta que llegaran los bomberos. Luego desapareció una semana. Otras veces cuando la oscuridad lo envolvía, iba hasta las plazas verdes de Valdenegro y se divertía en su propio circo, practicando con las clavas de fuego o simplemente quemando y dibujando anillos en el pasto, sentado en el centro hasta que el fuego comenzara a lastimarlo. Ciertas noches el muchacho salía a su techo, a fumar. Por ser una manzana irregular, los fondos coinciden de manera interesante. Hay un depósito que cubre tres lotes, generando un puente de chapa que la cruza de norte a sur.Este paisaje que toma formas ocultas cuando era frecuentado por el joven, lo veía atusar el cigarrillo entre sus dedos y mirarlo, mirar fijo sin pestañear. Besaba, succionaba con desdén pero rápidamente se dejaba conquistar por el humo. Deambulaba como perdido, descalzo, encorvado, sombra. Un sonador lo acompañaba, colgado del ventanuco alto del baño de atrás. Tal vez como se amansa a las fieras con música, las tenues campanillas lo dejaban respirar. Pero cuando no soplaba viento, arremetía loco de angustia cual felino encrespado y pegaba saltos que lo llevaban de techos en terrazas, corriendo finalmente sobre el galpón depósito.

Era aterrador para algunos de nosotros sentir la presencia constante de ese potencial peligro en la cuadra, saber que pies casi humanos resonaban en nuestro sueño, que el resplandor de una patrulla era sólo eso y no el crepitar de nuestro hogar. Luego esa preocupación fue transformada en rabia, odio. A veces surgía la pregunta desde todos los rincones ¿Por qué tanta ira? Creo ahora que no era eso. Es difícil de explicar, debe ser algo arduo de sobrellevar tanto tiempo. Quizás era más real para nosotros que para él mismo, quizás él era más desgraciado que nosotros.

Y hace unos días, cuando la lluvia borró la pequeña hoguera, pareciera habérselo llevado consigo. Luego de transir lentamente, ahogado en su soflama, después de tanto humo consumido. Fue la misma noche la que decidió tomarlo como hijo, y no pasó mucho tiempo hasta que nos dio su aviso. Ayer Cecilia apareció a contarme que lo cremaron en Chacarita. Y así como no queríamos creer que nuestra vida era con la suya, que los hechos se sucedían tanto para él como para nosotros, irreal es que haya fenecido el mismo muchacho que parecía nunca desertar, el pirado.

Ahora mismo está atardeciendo y todas las ventanas conocidas hoy se encuentran abiertas. Por ellas entra el viento que recoge la misma sensación en cada pecho. Insólita mezcolanza de alivio, desazón, añoranza, vahído. Un empireuma. Cada quien toma mate en su cocina, besando la bombilla como él besó el último cigarrillo, como quien celebra un ritual.

jueves, julio 11

Cliché (con Dante y Santi)



Se estaba haciendo tarde. Y ella cansada. Pero no se quejaba. Rodeada de gente agradable, los rostros se confundían con la luz palpitante. La música marchaba en sus oídos y una bella sensación la mantenía en vilo. Cosquilleo en el vientre, navegaba por alta mar. Reía alelada, primorosa, acicalando la conversación con aires de coqueteo. Siempre con esos matices imitados de gracia y amor. Sintió una perturbación en su cadera, teléfono llamando otra vez. Era él, pero no iba a responder. Esa noche acabó prematuramente. Avergonzada, ella rechazó cualquier intento de aproximación, en la oscuridad no se notaron sus ojos lúgubres.

Y al llegar a la entrada de su edificio, esta vez sin compañía, echó una mirada fugaz cruzando la calle para comprobar que seguía allí, observándola a través de las rejas e iluminada como una visión. Para constatar que no se fue, que no la había abandonado.

Una mañana perdida en sueños, un despertar con boca seca y sin ansias. La tarde soleada la invitaba al footing palermitano, a la oxigenación dominical. Pero fue empujada a permanecer en su sillón, agobiada, acecinada. El teléfono volvió a acosarla. Lo ignoró. Hacía días que él no sabía nada de ella. O eso quería creer. Tirada, recordó cómo la había aferrado la última vez. Sentía el peso sobre su cuerpo, como aplastada yacía en el sofá. Impresas en su memoria, las palabras que le dijo antes de entrar al fastuoso hotel, la ataban a la humillación, a la desesperación. La enervaba no haber dejado claras las cosas. Quizás él era así con todas, primero las envolvía en zalamerías, las llenaba de frenesí, pero nunca irían a faltar esas súplicas patéticas, esos besos carentes de amor. Con sólo la intención de invitarla a que cayera embelesada por sus lujos, se dio cuenta qué aparentaba. No era lo que buscaba, más allá de no mostrarse insatisfecha frente a un tipo serio como él. La molestia ofuscaba el recuerdo del placer. Porque no hubo más deleite que el carnal. Odiaba su lascivia. Pero no se quejaba. Cesó de sonar el teléfono y otra vez se dejó llevar por la televisión llena de morbo, filantropía y egoísmo, que consolaba a su corazón inquieto por la culpa. De vez en cuando su mirada se desviaba a través del balcón, podía divisar la vereda y a ella, que la esperaba como una efigie. En no-tardes como esas solía acordarse de su juventud, que tan olvidada la tenía, pese a ser casi una niña.

Salió temprano, un día ocupado con cosas que consumen tiempo para hacer. De desayuno, cautelosa fue a fotografiar el bostezo de la muñeca de enfrente. Luego continuó su rutina de crearlo todo, distraerse de todo. Primero la revista, buscó trabajo para la semana. Después voló por los lugares habituales, haciendo piruetas por acá y allá, pispeando a conocidos y no conocidos, envolviéndose en charlas que a la noche no recordaría. Lo único que permanecería en su cabecita serían los minutos que pasó frente al escaparate, como otras veces cuando volvía a su refugio. Instantes de sosiego y admiración, abstraída completamente del mundo. Vestida de colores y bordados con pedrería, aquella era dueña de un cuerpo esbelto. La imaginaba suave, mientras pasaba los dedos entre su cabello. Parecía gozar de su desplante como una ninfa, sonrosada venustez que poseía. Y cuando contempló con timo sus ojos reflejados en el cristal, la mujer volada le susurró “qué bella eres”, suscitando su escepticismo, elevada su duda al aire. Hesitaba entre creer o no creer, que ella era (curiosamente) la que debutaba en el arte del amor. Lo triste sobrevino cuando él se intercaló, arruinando el nimbo. Ella lo vio esperándola en el umbral y de inmediato receló. Hola, amor, ¿Qué hacés acá…? Nada, vine a verte, ¿Te gusta la ropa de ese local, no? Ya sé, voy a comprarte algo. Ella se opuso con las fuerzas que le quedaban. No iba a permitir que la viese. Debía salvaguardarla como sea. ¿No querés pasar a tomar algo? Perdoname que no te llamé, estuve muy ocupada estos días, pero sería mejor subir si querés, estoy cansada en verdad. Jugaron el juego que siempre se presta fácil, terminaron desvanecidos con el deliquio. Ambos pensaron que no existía mejor relación que dos cuerpos comprendiéndose a la perfección. Por un momento se sintió miserable, compartiendo su cama con alguien, pero no se quejaba. Modesta le dio la espalda, segura de que se iría temprano y arrullada dulcemente por la ninfa, se durmió inmóvil.

Redolaba en la cama, contorneando la silente silueta en el sueño, la figura sin cabeza, tratando de alcanzar… y a la mañana con su cámara daba vueltas por el rosedal. Enfocaba lo que le apetecía, tenía paisajes en su mirilla, tenía ellas y ellos que antaño eran hermosos, ahora parecían moverse tordos, enormes, idiotas. Pero tenía margaritas en su cabello, a punto de ser deshojadas, me quiere no me quiere. El mediodía transido de café, angurrias diarias que intensifican al cénit de la pereza. A la tarde cayó por la redacción, dejó las fotos para revelar. Más tarde se brindó un poquito de contentura nocturna, amigos y amigas, risas y humo. Pero no se quejaba, porque al final regresó con su sombra, redimida de su exhaustiva tarea, consagrada al lecho y en su futuro soñar, a ella. La despidió desde el balcón con un saludo de buenas noches, antes de volver a caer en el cobijo de la oscuridad.

Sonó el timbre. Desorientada se levantó camino a responder y como gato se desperezó, rayada de luz colándose por la persiana. Era él. Lo invitó a subir, no podía rechazarlo sin excusas. Mirando la hora, se sintió abatida, era casi mediodía. Acomodó un poco el lugar, se vistió rápidamente bajo la mirada del otro, mientras oteaba por la ventana. Cualquier cosa le sentaba bien, casi sin mirarse al espejo se maquilló y sin embargo estaba preciosa. Él la llevó a almorzar a su restaurant preferido. Alabó la calidad de las carnes y la educación del servicio, mientras ella apática, hastiada, apenas tocaba su ensalada. Él empezó a mostrar preocupación (fingida). Últimamente te veo cansada, ¿Estás comiendo bien? ¿Seguís yendo al gimnasio? Respuestas pobres, poco armadas, estaba realmente trastornada. Sí... no sé, no pasa nada, quizás será que me están dando más trabajo en la revista. El interrogatorio se sucedió con una discusión fuera del alcance público. Él no podía seguir permitiendo esta indiferencia. Mirá, voy a ser directo: creo que no soy el único en tu vida, decime si me equivoco, porque espero estar malinterpretando la situación. Ella seguía desconcertada, le hizo promesas que se juró a sí misma cumplir. Él se repitió varias veces. ¿Vos tenés idea con quién estás hablando, no? Pero ella no se quejó. Luego lentamente pasearon por el botánico, ella entrelazó su mano con la suya, caricia sumisa. Sintió repugnancia de sí misma. Reposaron en el jardín francés, el mínimo roce de sus cuerpos la volvía loca, quería huir. Más tarde el improvisado rendez-vous concluía en su esquina. La dejó partir desde el vehículo con un beso de despedida. Melifluo para él, superfluo para ella.

Apenas pisó el suelo, corriendo fue a verla, pero no dejó que la demorara más de lo necesario. Caminó hasta el negocio a buscar sus fotografías. Esperó, contenida por el ambiente familiar. Le devolvió la gentil sonrisa al empleado, recuperando el calorcito, la serenidad perdida. La tarde soleada se interrumpió apenas, con el llamado de una amiga, ocurrente invitación a tomar algo. Con la luna a su espalda finalmente aterrizó en el hogar. Dejó las cosas desparramadas por la mesa, y al vuelo agarró el sobre con los revelados, que llevó en un dos por tres hasta la cama. El silencio y la luz del velador, ella recostada sobre su panza, pasando velozmente las imágenes hasta encontrarla. La arremetió a primera vista. La sujetó con violencia, hasta entender qué ocurría. La vidriera, y del otro lado la ondina. Y en primer plano, se superponía tenue una mujer, con la cabeza escondida detrás de la cámara. Era una extraña composición.




Esta vuelta, en frente no había reja. La luz del escaparate prendida y el negocio vacío. Cruzó la calle y despacio se acercó. Su respiración se marcó sutil, y los ojos nebulosos contemplaban absortos. Era una verdadera fantasía. Su cuerpo sonriente, arrobado de tirada desnudez oculta. Alzada en la punta de sus pies, intentaba evadirse del reflejo y en un ínfimo balanceo perdió el equilibrio. Se reventó su pecho contra el vidrio, contuvo apenas el aliento. Extendió los brazos hasta ella, creyó dominarla en un cálido abrazo de bienvenida. Duró, duró el feliz ensueño, sin embargo se sintió vejada, iludida su ilusión. Se observó unos segundos, radiante e iluminada en el cristal. Luego manos frías la tomaron desde el cuello, golpeándola contra el suelo del local. Lloró vestida de colores y bordados con pedrería, terminó sofocada su cabeza, desarraigada y perdida.

lunes, julio 8

Ahora (en mis flores negras)

Ahora
Los tordos escuchan/ un suave lamento/ de frío metal, negro.
Ahora
Un signo en la tierra/ descansa mi pecho/ atisbo por un agujero/ hendiduras de anchas raíces/ deleite ocular
Ahora
Crean la vida/ contemplan lo triste/ se adora, se suelta/ ya no está más
Ahora
Crea una senda/ de miedo, pasión/ querencia/ ¿domesticación?
Ahora
No, jamás// mi alma/ se esquiva/ no se toca/ ni mira
Ahora
Un jardín sin personas/ no existe/ nadie lo vio//////////////////////////////////////////////////