domingo, diciembre 15

i

"y lloró con la idea de tener un hijo, tomando ácido debajo de un árbol, con un vestido de flores en un mediodía de verano"

domingo, diciembre 1

o morfeo me está engañando

cuando me tiro sin pensarlo, cuando caigo despacio o cuando me acuesto en vano, oigo cómo contra todo mi cuerpo, está el pulso del sueño retumbando

giro para acá para allá, sobre mí sobre todo el revoltijo de sábanas,
 imposible pensar o tratar de evadirlo, casi segura que si escapo termino de cabeza en el suelo y abriéndome con el paso de viento entre sus brazos

difícil es saber qué tiempo será cuando me caiga o me deje llevar con paz sin paz me voy cansando, así oigo su dulce canto; para mi suspiro el sol sale,
o morfeo me está engañando


sueñeros


jueves, noviembre 14

A vista de los presentes

¡Qué agravio! ¡Qué desparpajo! ¡Qué sinvergüenza!

En mi mano tenía cargada una cachetada que no quiso gritar. Por piedad a la bella velada me dije "no vale la pena", pero continuó con todo esa palabrería saliendo de su cara insulsa, que se lave con jabón por boca sucia. Y sin querer una espuma espesa comenzó a emanar de su lengua reventada, chorreando sobre la blusa e impregnándola con su tinte níveo azucarado.

Toda la blancura se me hizo lienzo y con los fósforos de la ira encendí el retrato de la injuria, una marca de nacimiento en los labios, y el beso de buenas noches apestado en pesadillas. La mueca del niño, que en sus brazos lleva una tarde noche de verano con el secreto viejo y ámbar de su madre como un asco incauto.

 Toda esa tradición inventada tiempo atrás, que ahora en mis manos olvidaderas, comienza a desvanecerse.

jueves, octubre 10

Frutas Secas

No había viento ni pan ni papel alrededor. No había soplo contenido ni veraniegas pisadas en sábanas caladas. Ni pantuflas ni almohadas ni camisones. Había puro y rico sueño. Y un aura verde agua dorada se aproximó bailando contoneando susurrando sobre las pieles, carnes estremecidas en punta de gallina y pelos felices. Todos la sintieron bajar y meterse por entre las piernas ronroneando calurosamente. Todos se sonrieron con la tibieza en las rodillas y las palmas cristalizadas. Había colores recónditos en las yemas de los dedos. Había sonidos inusitados.
Tal cual se  d e s p r e n d i e r o n  las pieles secas de víboras mudando y con la quijada hundida  q u e b r á r o n s e  los brotes de cerezo,  e s c a s e a r o n  los perdidos mechones y pelusitas, las chauchas y crujidos se  r e p l i c a r o n  en la dulce oscuridad y la noche abierta como nuez resquebrajada dio bienvenida a las semillas y carozos de infancias.




Ay, dolió un poco porque nadie lo esperaba, como un pinchacito tierno e inocuo, una mordedura viva y coleante pero nimia e ingenua; Si la sorpresa quiere a veces ser traviesa o quizás aplastarse debajo de la cama o de las hamacas entre entristecida y atemorizada, y si no volvemos a este patio luego de la primavera, es porque ya queremos crecer o preferimos creer en nada.

lunes, octubre 7

Naif (con Ramiro y Paloma)

Quién sabrá qué es la rutina en esta urbe donde el reloj un simple mito y la necesidad futura es inminente. Todo el tiempo se dilata, extiende, crece en la creencia del algún día y suceder. Nada comienza, nadie se consuma. Bebés por nacer detrás de orgasmos que no llegaron, mentiras interminables, todos  marcharán en el camino que circundando observa conflictos envasados y distribuidos entre sus habitantes. Así les va, prehistoria actual y pocas expectativas. Analfabetos que eligen, adoran, veneran un monarca idiota e infinito. Rey viviendo en la acrópolis, el punto alto o bajo de la ciudad. Son incompletos sus ojos nobles que verán todos los días la capital, deseando continuar con lo nunca comenzado, sin temor a lo próximo e infausto. Sólo en pozos queda algo de esperanza, donde permanecerán escondidos hasta que los cielos se hundan sobre sus cabezas casi por casualidad y la noche arribe sin merecer.

Dónde estará el cementerio y dónde el hospital se pregunta una paloma que no sabe volar, cansada de esperar migajas de pan. La muerte acecha sin temor alguno, cómplice con risas de ingenuidad.  Naif no respirará más que las pisadas proyectadas en la huida final. El abandono se apropiará de las familias, lágrimas cayendo en suelos irregulares. Cables que surcan los cielos, gritan con franca humildad. Cada quien pensará arduamente, quemados de pensar qué harán a quién recurrir y a quién echarán las culpas sino al monarca, que ahora se acuesta a patalear y berrinchar. Cuando la vida no-viva de la hoja sin árbol, llegue o salga de su estar transitando el río, la tierra, los campos, las camas, las paredes, las luces, las guirnaldas, las telarañas comenzarán a vibrar. Lentamente todo caerá hacia arriba y por detrás de la gran masa de agua que envuelve en la profundidad a Encéfiro y lo hace acabar como fósil, acurrucado en el mar.

miércoles, septiembre 25

Irisco

Cuando intentes caminar por Irisco ten cuidado de no tropezar, pues estorbos y obstáculos abandonados bailan al compás de la marcha y la pavana. Las muchedumbres cegadas y embravecidas se acometen y van mezclando, llenas de ajetreados ciudadanos que no terminan de llegar a su destino para volver a emprender el camino y seguir infectando todo a su paso. Mirasoles que por no dejar caer su vista al muladar repleto de cachivaches en el que se han convertido las calles, se la pasan contemplando al padre sol que con su calor hace aflorar fétidos olores. Diagnosticada de cacosmia crónica la gente está, y ya no saben apreciar los efluvios y aromas delicados, las pequeñas cosas bellas entre tanta podredumbre. Enmarañados son los días que transcurren solitariamente rodeados de gente con caras alzadas y morenas, cuellos estirados y cervices dobladas. Desdichados todos son, que incluso en su madurez nunca llegan a sentirse abrazados por la beatitud de la vida.
Es así como nadie se percata de cómo por casualidad y a cualquier hora nacen, crecen y mueren flores, que se elevan entre la mugre y la bazofia. Flores e inflorescencias nuevas, desconocidas, expectantes. Híbridas, apétalas o con miles de pétalos sobreflores, de miles de colores desconocidos, transfloradas, opacas, invisibles, de texturas inéditas y perfumes inquietantes. Bellas y tristes. Flores tristes que sueñan con niños que las admiren y jueguen con ellas, con mujeres que se adornen con una entre sus cabellos, con pertenecer a una corona funeraria en la tumba de un ser querido, hombres que las regalen a su amada,  o por lo menos algún loco antófago hambriento que las saboree. Y tal como aparecen, se marchitan y se descomponen, sin fruto ni semilla, sin haber sido tocadas más que por una araña o el viento.


En Irisco todos eligen vivir así, como si tanto desperdicio y miseria no fuese suficiente. Creyendo que ésta es la opción correcta, el único camino al éxito, cuidando de transmitir su vana sabiduría a sus hijos. Sólo para terminar construyendo relaciones frágiles y estériles, quizás copia de las flores que no conocen, ni cuidan, ni aman, ni miman.

viernes, septiembre 20

Reparo

Yo, Rosa y su familia vivimos en este pueblo hace muchos años. Tuve la suerte de conocer a su hija María. Cuando ella tenía diecinueve (hará unos diez años atrás creo), una mañana caminaba hacia la parada del colectivo y fue atropellada por un chico que andaba en bicicleta. Pese a que no la golpeó muy fuerte, la muerte quiso llevarse a la joven María, cuando al caer su cabeza impactó el cordón de la vereda y desfalleció en el acto. El duelo fue largo, la lloraron y extrañaron, porque cuando una hermosa flor es arrancada, siempre se hace más duro el pesar y más terco el recuerdo. Sin embargo, la familia tomó la decisión de donar el cuerpo de la muchacha a la salud pública, es sabido que los cuerpos jóvenes siempre son bienvenidos y necesarios. 
La otra tarde, me encontré con Rosa en el vivero de la esquina de lo de Roberto, y me invitó a tomar unos amargos a su casa. Al entrar a la cocina comedor, noté las fotos viejas descansando arriba de la heladera y en la repisa. María estaba en varias de ellas junto a sus hermanos, con su amplia sonrisa, sus bellos ojos verdes. Entre la charla, los mates y las facturas, en una de esas Rosa me dice que tiene noticias de María. Mi primer pensamiento fue de pena, me pareció raro que anduviera diciendo esas cosas luego de tanto tiempo. Me dijo que un día se cruzó con alguien por la calle, que no era nadie en particular. Ni recuerdo ya si era mujer o varón. Estaba parada mirándola sin disimulo alguno, realmente confundida; mirando su rostro, tratando de buscar en la memoria ese lugarcito donde encontrara el día en el que había visto a esa persona. Me quedé seca cuando simplemente su mirada y la mía se encontraron, y te juro Luis, te juro que esos ojos verdes eran de ella. Si, aunque no me creas, mi María y yo juntas otra vez. 

Meandros

 Tenía la garganta seca. Acezando, manotea la botella en la mesita de luz mientras se le llena el cuerpo de fastidio debajo de las sábanas. Más a un costado o por el borde, libros que terminan por el piso y el ruido punzante de un anillo contra el suelo. En el silencio de la noche todo se transforma y agiganta. Incluso un monstruo de faringe encendida puede aparecer sigilosamente debajo de la cama, listo para tomarte por sorpresa.
  Todo vuela y cae en la oscuridad, con ojos cerrados se levanta la bestia y a tumbos las pisadas resuenan hasta que llegan a la cocina. Botella que se reencuentra con manos que la sujetan violentamente, la raptan, la abren y le quitan su contenido cuando labios resquebrajados se hacen de su pico. Ella gime y suplica, el agua la abandona. Pero el monstruo aún sigue sediento, todo se evapora en sus fauces ardientes. Luego del dulzor del agua escondida, se vuelve para continuar con el sueño que hace poco soñaba. 
  De regreso al lecho, contundente se acuesta y su cuerpo respira. No tarda en recorrerlo un escalofrío desde la nuca. Oye el silencio, y entre la sospecha una respiración a su lado. El peso de algo o alguien en su colchón. Petrificado no atina a prender la luz, y un sudor recorre sus manos conturbadas. Siente cómo se acerca la presencia y cómo parece observarlo. Siente la humedad que lo envuelve y empapa lentamente las sábanas. Se estremece con el vaivén de su cama, y un murmullo constante viene desde abajo. Trata de ignorar todo, de dormir aunque sus mandíbulas traten de apresar su aliento. En su lecho, río abajo se desprende un tronco, que queda flotando a la deriva otra noche más.